Hoy, queridas, quiero contaros una historia. Una historia que se repite a lo largo de la historia, y que ojalá algún día pase a ser simplemente eso… historia. Es la historia de la mujer que intenta y no logra lo que se propone, de la que quiere pero no puede. La historia de una mujer ambiciosa, soñadora, idealista, enérgica, entregada, alegre y amorosa. Una mujer que quiere crecer, expandirse, realizarse… y sin embargo vive conformada, reducida, desvalorizada y a menudo enferma. Una mujer que lo intenta, que quiere… pero no logra, no consigue, no avanza.

Todas nosotras conocemos a esta mujer. Vive cerca de nosotras, alrededor… a veces dentro.

Ella es Ella.

Ella se siente agotada, encerrada y desmotivada. Ella duda de quién es, qué quiere y qué sabe hacer bien. Ella da, difícilmente pide y rara vez recibe. Da amor, sonrisas, apoyo, escucha, tiempo, comprensión… Da incluso su alma y su corazón.

Ella tiene un sueño desde hace tiempo. El sueño de ser libre, de recibir sus propias órdenes, de sentir que aporta su granito de arena al mundo, que vale, que tiene poder. Poder para elegir, para hacer, para viajar, para contribuir, para cambiar el mundo, para regalar y regalarse placer. El poder de mirar hacia adelante con ilusión, con ganas, con entusiasmo y pasión.

Y también tiene una mochila cargada de deudas. De su madre, de su abuela, de su alma. Deudas en forma de culpas, miedos y vergüenza. Por lo que hizo, dijo y pensó. Y también por lo que dejó de decir, pensar y decir. Por lo que fue, y lo que dejó de ser. Deudas que su alma grabó y su madre le recordó. A veces con presencia, a veces con ausencia. A veces con control, a veces con descontrol.  A veces con amor, a veces con dolor.

Ella sufre la incoherencia entre sus deseos conscientes y su guión inconsciente. Quiere dirigir su película, y sin embargo apenas actúa en un rol secundario. Literalmente… actúa. Y eso la hace dudar. De su grandeza, de su capacidad, de su valía, de sus sueños, de su personalidad. De lo que está bien y lo que está mal.

Y se enfrenta cada día a su mayor enemigo… su propia mente. Y lucha, y avanza, y abandona, y vuelve a empezar. Y toma conciencia del error. Y busca solución.

Y así termina esta historia para siempre. Con este ejercicio, con esta decisión, con esta afirmación:

“Del daño que hice y que me hice, del daño que otros me hicieron…. me libero.

Me libero de la DESVALORIZACIÓN que ha generado en mi la falta de AFECTO / APOYO / RECONOCIMIENTO o el exceso de EXIGENCIA / PERFECCIÓN Y ESFUERZO por parte de mis padres, mis profesores y otros educadores.

Me libero de la CULPA que cargo por haber/no haber hecho… / cuidado de… / dicho… / ido a… / estado presente el día que…/ abortado… / estudiado… 

De la VERGÜENZA a la hora de mostrarme en público / expresar mi opinión / enseñar mi cuerpo…

Y del MIEDO a equivocarme / fracasar / quedar mal / no cumplir con las expectativas / tener que pedir ayuda / quedarme sola…

Me libero y con ello libero a otros de actuar como maestros y espejo de mis propias carencias, comportándose de manera negativa / dolorosa para mi”

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