Hablemos hoy de límites. De los límites que te pusieron, los que tú interpretaste y los que ahora tú pones a los demás. Porque definitivamente pienso que algo no se ha entendido bien respecto a este tema, y esa confusión está perjudicando a los resultados de tod@s. La pregunta que te lanzo hoy es: ¿a quién, cómo y para qué poner límites?

Según el diccionario, los límites son líneas que marcan la separación entre dos entidades, o un punto que no debe o no puede sobrepasarse. Los límites nos sirven para definir un territorio, real, simbólico o imaginario. El nuestro, el de nuestra familia, el de nuestra empresa, el de nuestra ciudad, el de nuestro país… Los límites nos separan de los demás, y también de lo demás. Nos protegen, nos defienden, nos aíslan.

Cuando nacemos, no tenemos ni idea de que existen, pues nacemos fusionados. Con nuestra madre, con el ambiente, con los demás. Nacemos siendo Uno con el Universo, capaces de sentir y experimentar lo que otros sienten y experimentan, incluidas las plantas y animales. Somos indefensos, inocentes, incapaces de hacer daño a nadie, porque sentimos ese dolor en nuestro propio cuerpo. Somos puro amor, ternura y cariño. A partir de los 3 años (coincidiendo con la aparición del lenguaje como simbolismo para comunicarnos y expresarnos con el entorno) comenzamos el proceso de configuración del YO. Es a partir del momento en el que YO me miro en el espejo, me veo y me pronuncio como alguien separado de TI, cuando empezamos a establecer límites en nuestra mente, a configurar nuestra personalidad, a separarnos de los demás, a vernos diferentes, desconectados. Yo soy rubia, tú eres morena, y por tanto SOMOS DIFERENTES. En este punto, por mera supervivencia, se nos olvida nuestro origen fusionado.

Y en este mismo momento nuestros padres empiezan a educarnos tal y como ellos han sido educados, y en base a lo que ellos han experimentado a lo largo de su vida. A base de SIES y de NOES. Y ahí comienza la dualidad. Lo que está bien vs lo que está mal. Lo que puedes hacer vs lo que no. Lo que es fácil vs lo que es difícil. Lo que es normal vs lo que no es normal. Lo que te hará feliz vs lo que te hará daño. Lo que te dará dinero vs lo que te hará pasar hambre. Lo que está bien visto vs lo que no. Lo que es motivo de orgullo vs lo que es vergonzoso…

Y como sin ellos no sobrevivimos, y es a ellos a quien más amamos y gracias a ellos que estamos aquí, nos lo creemos todo todito. Y entonces, lo que eran los límites de nuestros padres, se convierten en nuestros límites. Y ahora tienes tan grabado que debes pensar y comportarte de tal o cual manera, y que debes/puedes hacer X pero no Y, que ni si quiera se te pasa por la cabeza hacer Y, pensar o comportarte diferente a lo que ellos te enseñaron.

Y entonces… ¿qué hacemos ahora?

Desarmar toda la estructura que tenemos configurada desde la infancia, y volver a configurar la nuestra propia. Crear nuestro propio contrato donde se detallan las ´cláusulas´para todo aquel que quiera mantener una relación con nosotros, sea personal, profesional o sentimental. Y ese contrato sólo puede redactarlo uno mismo. No mis padres, no mi pareja, no mi jefe. El mío, lo redacto yo, y en él incluyo… ¿Qué me gusta hacer? ¿cómo quiero que me trate un jefe? ¿y una pareja? ¿y mis emplead@s? ¿cuánto quiero ganar? ¿en qué quiero invertir tu dinero? ¿quiero ahorrar? ¿para qué? ¿a qué quiero dedicarme? ¿qué quiero estudiar? ¿quiero hacer ese regalo realmente? ¿e ir a comer a casa de ese familiar cada domingo? ¿cómo me gusta vestir? ¿qué prefiero comer? ¿qué películas/libros me entretienen? ¿a qué ciudades me gustaría viajar? Presta atención a ese área de tu vida que actualmente no está como te gustaría que estuviera, porque seguro seguro que hay algún límite ahí que te falta establecer.

¿A quién debemos comunicar nuestros límites?

        •  A nuestra pareja.
        • A nuestros padres.
        • A nuestros familiares.
        • A nuestros amigos.
        • A nuestros empleados.
        • A nuestros jefes.
        • A nuestros clientes.
        • A nuestros compañeros de trabajo.

¿Y a mis hijos? A nuestros hijos por supuesto debemos compartirles y explicarles cuáles son nuestros límites y por qué son esos, pero no establecerles los suyos. Ese trabajo les corresponde a ellos mismos, según vayan creciendo y desarrollando su propia personalidad. Mientras tanto, es nuestra responsabilidad escucharlos y llegar a acuerdos con ellos, sin imponerles nuestra verdad como la verdad. Así no funciona, y no le ha funcionado a nadie a lo largo de la historia (¿te suena eso de ¡cuantas veces le habré repetido que ordene su habitación y no me hace caso!?).

Si diciendo las cosas de una manera no te hacen caso, tendrás que ser creativ@ y probar de otra. Como sucede con todo en la vida, y como dice la mítica frase ´Cambia tu forma de ver/decir/hacer las cosas, y las cosas cambiarán de forma´. Recuerda que la “culpa” / responsabilidad de lo que no va bien en tu vida nunca la tiene el otro. Ordenándoles que hagan las cosas como tú consideras deben hacerse o como a ti te gustaría que las hiciesen no sólo estás robándole su libertad, sino que además les estás creando una armadura de por vida, que les traerá muchos problemas de personalidad en el futuro.

¿Cómo comunicar nuestros límites?

En primera persona, con calma, claridad y determinación. Sin miedo. Sin tartamudear. Sin dudar de ti, sin órdenes, sin obligaciones, sin mandar. Con amor.

“Espero que no te lo tomes como algo personal, sin embargo…”, “a mi no me gusta…”, “yo no voy a permitir que…”, “mi prioridad es…”, “en este momento prefiero…”, “no me apetece”, “no me interesa”, “no me conviene”, “no quiero…”, “no estoy dispuesta a”… y espero que me respetes. Muchas gracias.

Nadie se siente mal porque en la autovía nos limitan la velocidad a 120km/h, ¿verdad? Tampoco deberíamos hacerlo cuando nuestros deseos o intereses no coinciden con los de los demás.

¿Para qué fijar y comunicar nuestros límites?

Para que nos respeten. Para conocernos y que nos conozcan. Para mantener relaciones sanas. Para no llevarnos sorpresas con nadie. Para poder confiar 100% en las personas, y que puedan confiar 100% en nosotr@s. Para aumentar nuestra autoestima y seguridad. Para ser firme en nuestras decisiones. Para conseguir nuestras metas. Para ser y sernos sinceros y transparentes.

 

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Con amor,

Ana Cascales 🙂

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